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Honduras- Prostitución oculta en centro de masajes

  rednoalatrataEs una nueva modalidad de proxenetas que usan hoteles como centros de operación

Honduras

, 03.09.08 -Redacción: redaccion@laprensa. hn

 

Eran las dos de la tarde cuando “Francisco” marcó el número celular que aparecía en el anuncio de clasificados: “Masajes Flamingos”.

 

“Hola, buenas, disculpe, ¿hablo a donde hacen masajes?”.

 

La voz sensual de una mujer se escuchó al otro lado de la línea telefónica: “Sí, amor”.

 

“¿Cuál es su nombre?”, preguntó Francisco.

 

“Gaby”, se escuchó al otro lado del auricular.

 

“¿Cuánto cuesta el relajamiento? “, le dijo él.

 

La respuesta lo dejó atónito:

 

“El masaje es en todo su cuerpo, sin excepción. Le cuesta 300 lempiras”, contestó insinuante la fémina.

 

Intrigado por saber más sobre el relajamiento que estaba tratando de comprar, le preguntó si podía escoger a la joven que haría el masaje. Antes de terminar la frase ella respondió:

 

“Sí, claro”.

 

La sensual voz explicó cómo era el negocio. Las chicas disponibles tenían entre 18 y 21 años.

 

“Estamos ubicados en el barrio El Centro, en la 4 calle entre 8 y 9 avenidas, Hotel El Paraíso, habitación 112″, dijo ella interesada en atraer al cliente.

 

Se sintió en confianza y “Francisco” fue directo al grano.

 

“Y si yo quisiera algo más que el masaje, ¿cuánto debería pagar?”, preguntó.

 

“Eso lo arregla en privado con la muchacha que usted escoja”, afirmó ella.

 

¿”Y si la quiero llevar a un hotel porque estoy de visita en la ciudad”?.

 

“Entonces son 400, si usted la viene a traer y 600 si la mandamos a dejar, depende dónde esté”.

 

“Ok, yo paso por ella”, y colgó Francisco.

 

Fue un intento, pegó a la primera. Francisco, un colaborador de Diario LA PRENSA, puso al descubierto la venta de sexo express.

 

Al día siguiente “Francisco” llegó en su vehículo al hotel donde iba a encontrar a las jóvenes que ofrecían el servicio. Estacionó el automotor frente al lugar y subió las gradas del hotel que conducen a la segunda planta.

 

El guardaespaldas y el jefe de las chicas estaban en la entrada del pasillo que conduce al cuarto 112.

 

¿”Qué habitación busca”?, le preguntó el guardia.

 

“La 112″, contestó Francisco.

 

El hombre con una pistola en la cintura le dijo:

 

“Tome ese pasillo, al fondo, a la izquierda. Ahí toca la puerta”.

 

Francisco sintió miedo. El pasillo era angosto y sin salida, estaba oscuro y sobre el piso había agua derramada.

 

La puerta de madera rústica estaba entreabierta. La empujó con su mano y se encontró con una joven vestida de negro, un traje corto y sensual. Al verlo, le dijo: “Pase adelante”.

 

En la habitación había siete mujeres acostadas sobre dos camas. Cuando entró, las féminas se levantaron y lo rodearon. Una de ellas preguntó dos veces “¿cuál se va a llevar?”.

 

Masajes sin crema

 

Todavía nervioso, él escogió a la más joven. Vestía minifalda, blusa negra escotada y bastante maquillaje.

 

“A ella”, dijo e inmediatamente, la chica tomó su cartera, alcanzó un perfume y lo guardó… eso fue todo.

 

“Tiene que pagar ahorita y dejar una identificació n”, le dijo otra.

 

El sacó un carné de su trabajo y lo dejó como depósito y pagó los cuatrocientos lempiras.

 

La joven que cobraba le preguntó:

 

“¿Por qué no mejor le hacemos el masaje en la habitación de al lado?, la tenemos para clientes que quieren el relajamiento aquí”.

 

“Francisco” dijo que no.

 

“Ya estoy hospedado en un hotel del centro”.

 

“Bueno, pero en una hora tiene que traer a la muchacha”, le recordaron.

 

La ‘masajista’ que iba con Francisco aparentaba 19 años, antes de marcharse se despidió de una de sus compañeras, quien se veía aún más joven.

 

Fue sólo un instante, pero antes de dejar el hotel Francisco notó algo en su mirada. Ella sonreía y coqueteaba, pero en sus ojos había tristeza, tal vez rechazo o repudio, temor o angustia, o quizás todo junto.

 

Los dos salieron del hotel. Se subieron al automóvil y partieron.

 

En el camino Francisco no sabía de qué conversar, sólo pudo preguntar lo elemental.

 

¿”Cómo te llamas”?

 

“Mariela”, le contestó ella.

 

Él miraba la carretera, ella pretendía disfrutar el paisaje y la música del equipo de sonido del vehículo.

 

Luego de unos minutos, llegaron al hotel.

 

Francisco abrió la puerta de su habitación, donde ya estaba una cámara escondida para evidenciar el negocio disfrazado de relajación.

 

Entraron a la habitación y sin perder más tiempo, pues la administradora había sido clara, debía regresar a la joven en una hora, Francisco le preguntó.

 

“¿Qué hago ahora?

 

“Quítese la ropa y acuéstese sobre la cama”, contestó ella.

 

Un poco apurada, Mariela le dijo al cliente:

 

“Nosotros trabajamos así: Por sexo oral y sexo en general cobramos mil lempiras”.

 

“Pero yo sólo te puedo dar 500, mejor empezá con el masaje”, dijo él. “No quiero nada más”.

 

“Está bien”, contestó la chica.

 

Él se quitó la ropa y se acostó boca abajo. “Mariela” se subió sobre él y comenzó a hacer el masaje. Sus manos no eran de experta, es más, cualquiera diría que nunca en su vida había hecho un masaje. Eran sus manos contra la espalda, pues como no era el objetivo, en su bolso no cargaba aceites ni cremas. No iba preparada para trabajar.

 

¿Cuántos años tenés?” le preguntó Francisco.

 

“20, amor”, contestó en voz alta. La música de ambiente era fuerte. Esto tapaba el sonido de la cámara.

 

¿”Y ganas bien con este trabajo”?

 

Dinero para el jefe

 

“Sí, por muy mal que me vaya a la semana gano cuatro mil y si me va bien gano unos cinco mil quinientos”.

 

Francisco parecía interesado en su vida y a ella pareció gustarle. ¿”Y cómo se reparten el dinero con tu jefe?”, dijo él.

 

“Nos repartimos el 50 por ciento”, respondió.

 

¿”Tienen días libres?”.

 

“Sí, tenemos un día”.

 

Le contó que en la “empresa” les exigían atender a dos clientes por día. Que no les permiten tener parejas ni novios y aunque no lo pronunció, retrató su vida como si fuera esclava. Atendiendo órdenes y acostándose por dinero con el cliente que la pida sin importar si ella está de acuerdo. Entre los rudos masajes había transcurrido media hora, sumado al tiempo del viaje, lo pagado estaba por terminar. El teléfono de la joven sonaba, era su jefe que le preguntaba si todo andaba bien y también le recordó que ya tenía que regresar.

 

El teléfono celular de “Mariela” tenía como fondo una fotografía de un niño de unos seis años. Francisco por curiosidad le preguntó quién era. Ella con una sonrisa le respondió: “Es mi hijo y tengo otro más”.

 

¿”Quién te los cuida”?, preguntó él.

 

“Pago para que me los cuiden y hasta en la noche los veo”.

 

Antes de que Francisco le siguiera preguntando, la joven le pidió que la fuera a dejar porque si llegaba unos minutos después de la hora se lo iban a cobrar a él.

 

“Está bien, vámonos”, manifestó el cliente.

 

Tomaron sus pertenencias y se marcharon hacia el hotel El Paraíso de donde Francisco se llevó a “Mariela”.

 

Llegaron al hotel y el mismo guardia que Francisco se encontró la primera vez los esperaba en la entrada con el carné que el cliente había dejado como depósito. Sin palabras y con una sonrisa, el guardia le entregó la identificació n a Francisco y éste se marchó.

 

Aquí termina el seguimiento a un cliente en busca de un masaje. Se comprobó una vez más el modo de operar en estos centros de prostitución que se hacen pasar como “centros de masaje”. Durante varios días periodistas y colaboradores llamaron a otros centros de masaje que aparecían en anuncios clasificados para comprobar su metodología de trabajo y compararlo con el de “Masajes Flamingo”.

 

De seis llamadas, en tres de ellas confirmaron tener la misma forma de operar para dedicarse a la prostitución.

 

 

 

Prostitución de menores

 

En todo el mundo, cuatro millones de personas son explotadas sexualmente. Entre ellos menores de edad.

 

En muchos casos, estas personas son obligadas hacerlo por droga o para tener una vida fácil.

 

Los datos de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, revelan que cerca de un 20 por ciento de la explotación sexual infantil que ocurre en los países de Centroamérica y el Caribe está protagonizada por turistas extranjeros que buscan placer sexual en muchos centros nocturnos y otros negocios que se anuncian en los periódicos.

 

Los malos tratos, el comercio, la explotación sexual infantil y la esclavitud a la que están sometidos miles de niños en el mundo son algunos de los graves problemas que afectan a la infancia.

 

Los datos de esa organización indican que más de 10 millones de niños menores de cinco años siguen muriendo todos los años por causas que se podrían haber prevenido.

 

Millones de niños están atrapados en el trabajo infantil (malos tratos), la trata de menores y la prostitución.

 

* Fuentes ligadas a la Fiscalía informaron que tienen en su poder varias denuncias de mujeres menores de edad que han sido víctimas de los dueños de los “centros de masajes” que operan en la ciudad.

* Las edades de las jóvenes que trabajan en estos centros de masajes oscilan entre 18 y 21 años y a cada una le permiten atender como mínimo dos clientes por día.

* La investigación de LA PRENSA arrojó que en San Pedro Sula Sula hay varios centros de masajes que son centros de prostitución disfrazados. Se hace la cita por teléfono, se escoge a la joven y la edad.

* Las muchachas son protegidas por guardaespaldas, quienes las cuidan en el hotel de todo cliente que quiera hacerles daño. También vigilan en qué tipo de taxi viajan cuando ya es hora de salida.

 

http://www.laprensa hn.com/Ediciones /2008/09/ 04/Noticias/Prostitucion- oculta-en-centro-de-masajes

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