MUJERES CONTRA LA TRATA
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Córdoba Las adoratrices crean la Fundación Amaranta para la acogida de mujeres
Red no a la trata
ANTONIO VARO
CÓRDOBA. Con el fin de «defender los derechos de las mujeres en situación de vulnerabilidad o exclusión» y de potenciar la acción de la congregación en los veinte países del mundo donde desarrollan su labor, las adoratrices han constituido la Fundación Amaranta.
Los ambientes sociales más difíciles -prostitución, tráfico y trata de personas- son los contextos en los que trabajan estas religiosas con el fin de dignificar la vida de las mujeres que corren riesgo de sufrir tales explotaciones. A ello unen el objetivo de sensibilizar a la sociedad denunciando las estructuras injustas que hacen posibles estas situaciones.
Los estatutos de la Fundación Amaranta establecen claramente sus objetivos: «La liberación de la mujer explotada por la prostitución o víctima de otras situaciones que la esclavizan y la denuncia de estructuras que no respetan los derechos humanos».
Que «ellas», las destinatarias de la fundación, sean el centro y la dirección de todas sus acciones es, a fin de cuentas, el objetivo primordial tanto de la fundación como de la orden en su conjunto, de acuerdo con el lema de la santa fundadora: «Por Dios y para ellas».
Las adoratrices fueron fundadas en 1856 por Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, y hoy, 1.300 religiosas mantienen vivo su carisma, que aúna la adoración a la Eucaristía con la acción humanitaria a favor de las mujeres marginadas, sobre todo por la prostitución.
En Córdoba están presentes desde 1901, cuando abrieron en la plaza del Vizconde de Miranda un colegio; también mantuvieron durante décadas un taller de bordado, pero tanto el centro docente como el taller eran sólo medios de ayudar económicamente a su principal dedicación, la atención a mujeres marginadas y necesitadas.
Actualmente mantienen una casa llamada Fuente de Vida, situada en la calle Toledo y donde dan alojamiento, ayuda y formación a mujeres que han pasado o están pasando momentos muy difíciles: madres solteras, mujeres que desean salir de la prostitución, la drogadicción o el alcoholismo.
Muchas acogidas llegan embarazadas, y en bastantes casos la labor comienza por ayudarles a evitar que aborten. Después reciben clases de preparación al parto, se les enseñan trabajos de costura o manualidades, se les da formación cultural y humana y, sobre todo, cariño y ternura propias de una casa de familia normal. La casa Fuente de Vida tiene capacidad para diez residentes y la demanda es continua; después de varios meses en la casa, cuando madre e hijo han superado la cuarentena y ella está en condiciones de vivir de forma autónoma, deja el sitio a la próxima aspirante.