MUJERES CONTRA LA TRATA

Campañas Informaciones

La violación como un instrumento de guerra total en el siglo XXI

 

Sin Permiso

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=1899

La violación como un instrumento de guerra total en el siglo XXI
David Rosen · · · · ·
 
01/06/08
 
 

Louise Arbour, la comisionada de la ONU para Derechos Humanos, anunció recientemente su decisión de dejar el cargo y no presentar su candidatura para un segundo mandato.  Leyendo entre líneas el lenguaje formal de un respetable diplomático, resulta patente que Arbour tira la toalla disgustada con el fracaso de la ONU en punto a encarar seriamente las crisis morales fomentadas por la “guerra al terror” librada por la administración Bush.

 

 

 

Arbour tuvo un famoso rifi-rafe con el exrepresentante estadounidense en la ONU, John Bolton, en 2006 a propósito de la invasión israelí del Líbano. Ella había sugerido que los dirigentes israelíes podrían ser imputados por crímenes de guerra. “Ya saben, en América”, replicó Bolton, “no es costumbre que los fiscales vengan a la gente con amenazas fundadas en artículos periodísticos”. Y remató con displicencia: “De jurista a jurista, yo le diría esto a la señora Arbour: que reflexione detenidamente sobre su ética y sus responsabilidades profesionales, antes de amenazar con cargos penales fundándose en informes periodísticos”. 

 

 

 

Arbour, exfiscal jefe del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (responsable de la acusación contra Slobodan Milosevic) y exjueza de la Corte Suprema canadiense, reconoce los crímenes de guerra en cuanto los ve. Es evidente que estaba harta del doble lenguaje enmascarado como justicia. Las prohibiciones tradicionales contra los crímenes de guerra, la tortura y, de manera superlativamente escandalosa, el terror sexual contra niñas y mujeres, han ido erosionándose en los últimos siete años. Arbour ya no pudo más. 

 

 

 

La violación es violencia y terror, disfrazados de pasión  

 

 

La violación de mujeres (ocasionalmente, de hombres) no-combatientes por parte de soldados durante la guerra es un rasgo que acompaña a las relaciones sociales humanas desde los tiempos más remotos. El Viejo Testamento está colmado de historias de violaciones de mujeres por tribus conquistadoras. Han sido inveteradamente violadas y raptadas como “botín de guerra”, y a menudo forzadas a casarse con sus captores para sobrevivir. El rapto de Helena de Troya sigue siendo, dos milenios y medio después, un testimonio de las consecuencias de la conquista masculina. 

 

 

 

Las informaciones sobre violaciones de mujeres no-combatientes por parte de soldados estadounidenses en Afganistán e Irak parecen limitadas. Sin embargo, dado el inherente secretismo y los repetidos encubrimientos, la verdadera historia de la violación de guerra no saldrá probablemente a la luz hasta mucho después de que termine la ocupación. 

 

 

 

Durante la guerra de Vietnam, Susan Brownmiller y otros (por ejemplo, en Aganist Our Hill, 1975) acusaron a los soldados norteamericanos de violar a mujeres vietnamitas. Pero no ha sido sino hasta muy recientemente que se ha revelado la plena y confirmada dimensión de las atrocidades cometidas por las fuerzas estadounidenses en Vietnam, muy superior a la hasta hace poco sospechada. Informaciones aparecidas en el Toledo Blade (19 de octubre de 2003) y en Los Angeles Times (6 de agosto de 2006) mencionan más de trescientas atrocidades (incluidas violaciones) que acabaron siendo confirmadas por investigadores del ejército, y eso sin incluir el más notorio de los crímenes de guerra estadounidenses, la masacre de My Lai en 1968. 

 

 

 

Aunque los casos de incidentes de violaciones por parte de los actuales solados estadounidenses puedan parecer relativamente escasos, no puede decirse lo mismo de otras fuerzas militares desplegadas por el mundo. Los conflictos en la República Democrática del Congo (RDC) y en Darfur, como otros previos en Ruanda o en Bosnia-Herzegovina, Myanmar y Somalia, estuvieron salpicados de un sinnúmero de violaciones confirmadas. El uso de la violación como instrumento de guerra pudo también comprobarse en conflictos recientes en Bangladesh, Camboya, Costa de Marfil, Chipre, Timor Oriental, Haití, Liberia, Perú y Uganda. 

 

 

 

La violación es la invasión más traumática que una persona pueda infligir a otra. Ha ido inveteradamente malinterpretada como un acto sexual. Aun cuando representa uno de los intercambios físicos más vigorosos, a menudo incluyendo genitales y otras partes del cuerpo, la violación no es erótica, no es sensual, no es placentera. Es violencia y terror, disfrazados de pasión. 

 

 

 

La guerra total moderna 

 

 

 

La violencia y el terror inherentes a la violación hallan su más bárbara realización en tiempos de guerra, particularmente en las condiciones de la guerra total moderna. El general de la Guerra Civil estadounidense William Tecumseh Sherman fue un pionero de la guerra total con su infame “marcha al mar” de 1864. Su campaña, en efecto, destrozó al enemigo, tanto física como espiritualmente; puso término al más consecuente esfuerzo militar norteamericano. 

 

 

 

Sherman creía que la guerra tenía que ser total; que tenía que pasar de un conflicto entre combatientes reconocidos a un conflicto que implicara a toda la sociedad del enemigo, incluyendo sus recursos naturales, el suministro agrícola y alimentario, los servicios públicos y otros elementos de la vida civil. 

 

 

 

Esa alteración en la estrategia militar no hizo sino ir a peor en el siglo XX. La I y la II Guerras Mundiales añadieron la aviación y los gases tóxicos, y luego las cámaras de gas, los bombardeos ígneos y las armas nucleares al arsenal de la guerra total. Ese robustecido arsenal armamentístico extendió el modelo de compromiso militar global de Sherman de la destrucción de infraestructura civil a la aterrorización de la población civil. Y, en el eufemístico lenguaje de la negación burocrática que distinguió al final del siglo pasado, las devastaciones infligidas a los civiles en la guerra total pasaron a llamarse “daños colaterales”. 

 

 

 

Una nueva era en el modo de conducir la guerra está en camino. Difiere significativamente en varios respecto de los rasgos que definieron a la estrategia militar en el siglo XX. Primero, la conducción de la guerra parece limitada en lo tocante al despliegue de vastas fuerzas militares y ejércitos masivos; la Primera Guerra del Golfo fue todavía una acción policíaca glorificada, en la que una “coalición” masivamente movilizada aplastó a un Estado peregrino de segunda fila.  Segundo, la conducción de la guerra aparece como limitada en lo tocante al empleo del armamento más poderoso puesto a disposición por el complejo militar-industrial ; la victoria en la I y en la II Guerra Mundiales estuvo predeterminada por el máximo despliegue de las más avanzadas tecnologías de masacre masiva. 

 

 

 

Nuestra nueva era de conducción de la guerra parece definirse por conflictos contenidos, por batallas restringidas a Estados nacionales colapsados y por el uso limitado de armamento avanzado, implicando raramente alianzas multiestatales que se combatan sin tregua entre sí. En esta nueva era de guerra total, los daños colaterales se han convertido en un objetivo legítimo de conflictos sin fuego. 

 

 

 

Violación y guerra total  

 

 

Una de las consecuencias de esta nueva era del conflicto militar es el cambio del papel desempeñado por la violación. Primero, ha habido un incremento en el número de violaciones registradas; ese incremento se refleja en (a) la cifra de violaciones registradas en un determinado conflicto y (b) en la cifra global de conflictos registrados en el mundo. Segundo, más militares han adoptado la violación como técnica operativa (no oficial) en sus campañas de guerra total. Mientras que el enemigo masculino combatiente es golpeado o tiroteado, a veces torturado, violado o aun asesinado tras ser capturado, la violación sistemática de niñas y de mujeres aparece como una técnica innovadora y aceptada de la presente cultura de la guerra total. 

 

 

 

Viniendo a cumplir la sombría visión de Sherman, la línea entre el guerrero y el no combatiente, entre el soldado y el civil, ha sido formalmente borrada. Ocurrido esto, la conducción de la guerra no tiene ante sí sino un territorio virgen al que saquear sistemáticamente: el ser físico del enemigo, su cuerpo vivo. A los varones adultos se les saquea con la tortura; a algunos varones jóvenes y a mujeres de todas las edades, con la violación. Para las mujeres, el saqueo, la invasión y la violación dañan y estigmatizan de consuno. Algunos creen que violación significa polución, tanto de la mujer como de los “frutos” de conquistarla. La violación ha llegado a ser el rasgo definitorio de la guerra total en estos primeros años del siglo XXI. 

 

 

 

El pasado verano {septentrional] el tercer soldado estadounidense de la Compañía B, Primer Batallón, Infantería 502, División Aerotransportada 101, fue sentenciado por tomar parte en la violación y el asesinato de una familia iraquí en Mahmudiya, una aldea suní situada a 30 kilómetros de Bagdad. Como tal vez algunos recuerden, esos soldados irrupieron en un hogar familiar, violaron a la adolescente Abeer Quassim al-Janabi a la vista de sus padres y de su hermanita de 7 años, y luego la asesinaron, junto al resto de la familia. Por esos crímenes, los soldados recibieron una condena de cárcel que, en total, sumaba más de 300 años. 

 

 

 

Este tercer soldado es Jesse Spielman, un soldado raso del ejército de los EEUU de 23 años de edad; fue condenado a 110 años. A comienzos de ese mismo año, el sargento Paul Cortez había sido condenado a 90 años y en noviembre de 2006 al especialista James Barrer le había caído una sentencia de 100 años. Cada uno de ellos fue hallado culpable de cuatro cargos de asesinato, violación, conspiración para la violación, allanamiento de morada con propósitos de violación y conspiración para cometer violación. En marzo de 2007,  el soldado raso de primera clase Bryan L. Howard, de 19 años de edad, tras declararse culpable de controlar comunicaciones de radio, fue condenado a 27 meses de confinamiento. 

 

 

 

Steven Green, descrito como el cabecilla del grupo, fue licenciado en marzo de 2006 por motivos psiquiátricos, aparentemente antes de que el ejército tuviera noticia del episodio de Mahmudiya, y aguarda ahora juicio. Los testimonios en la corte de justicia documentan la siguiente secuencia del horror: Cortez y Kaker violaron a la chica; Green disparó contra los padres y la hermanita; luego violó a la chica, la mató y, todos, vertieron queroseno sobre su cuerpo y le prendieron fuego. A ocmienzos de este año, los fiscales federales en Louisville anunciaron su intención de solicitar la pena de muerte para Green. 

 

 

 

La víctima adolescente era Abeer Quassim Hamza al-Janabi; Abeer significa “fragancia de las flores”. Las imágenes de los perpetradores del crimen muestran a unos hombres jovencísimos, no sólo inexpertos y faltos mundanidad, sino carentes de toda preparación para los horrores bélicos que les aguardaban en Irak. Green declaró a un periodista: “Esta guerra es diferente de todas las guerras en las que combatieron nuestros padres y nuestros abuelos. Aquellas guerras eran para algo. Esta es una guerra para nada”. 

 

 

 

Los soldados parecen tan víctimas de la guerra total de Bush como lo son Abeer y su desdichada familia. 

 

 

 

La violencia sexual en el Congo es la peor del mundo  

 

 

El 29 de julio de 2007, un caso particularmente sombrío de carnicería humana tuvo lugar en la República Democrática del Congo (RDC). De acuerdo con un informe de la ONU, un soldado en la provincia septentrional de Kivi supuestamente violó y luego macheteó hasta la muerte a una mujer Hutu y a su bebé de tres meses. 

 

 

 

Un comunicado de prensa de la ONU dice que la violación resultaba emblemática de “las violaciones cometidas por la policía nacional congoleña y por grupos rebeldes armados, que incluían el asesinato y la violación de aldeanos y la extorsión y el robo a civiles”. Yakin Ertürk, la relatora especial de la ONU en materia de violencia contra las mujeres, denunció la violencia sexual en la RDC  como la peor que había visto en su vida. 

 

 

 

De acuerdo con la ONU, se registraron 27.000 asaltos sexuales en 2006 en la provincia del sur de Kivi, y se cree que esto es sólo una fracción del número total de casos de violación en el país. “La violencia sexual en el Congo es la peor del mundo”, dijo John Colmes, el subsecretario de la ONU para asuntos humanitarios. “El volumen de las cifras, la indiscriminada brutalidad, la cultura de la impunidad… son sobrecogedores”. 

 

 

 

Otros observadores occidentales se muestran igualmente apabullados por lo que aparenta ser un nivel sin precedentes de violencia sexual. Malteser International, una agencia de cooperación de la Orden Soberana de Malta que trabaja en el Congo oriental, informa de que en una aldea, Shabunda, el 70% de las mujeres admiten haber sido sometidas a violencia sexual. André Bourque, un consultor canadiense que trabaja con grupos de cooperación en el Congo oriental, alertó de que “la violencia sexual en el Congo alcanza un nivel jamás alcanzado en sitio alguno. Es todavía peor que en Ruanda cuando el genocidio.” 

 

 

 

Entre los perpetradores de violencia sexual se hallan las tropas del gobierno congoleño, estimadas como criminales de la peor especie. Se incluyen también en esa categoría los llamados Rastas, grupos paramilitares que aterrorizan las zonas rurales secuestrando y violando mujeres, quemando bebés y masacrando a quienquiera les desafíe. El grueso de ellos procede de las antiguas milicias Hutu que se refugiaron en Ruanda luego de las guerras genocidas de 1994 y sobrevivieron en el corazón de la selva, reconocibles por sus espantosos chándales brillantes y sus camisetas de Los Angeles Lakers. Están, además, las milicias locales llamadas Mai-Mai, que apelan a una mitología militar harto más arcaica: se untan con aceite antes de entrar en batalla (New York Times, 7 octubre de 2007). 

 

 

 

Desde 2003, la región de Darfur en Sudán occidental ha sido el lugar del terror sistemático. De acuerdo con Amnistía Internacional, “en esos ataques, se mata a los hombres, se viola a las mujeres, y los aldeanos son dispersados tras el incendio de sus hogares; sus cosechas y su ganado, medios principales de su subsistencia, son o quemados o saqueados” (Amnistía Internacional: “Darfur: la violación como arma de guerra: la violencia sexual y sus consecuencias”, 19 de julio de 2004). 

 

 

 

Se estima que, hasta la fecha, en Darfur, unos 2,5 millones de personas han sido desplazadas, más de 400.000 han muerto y un sinnúmero de mujeres y niñas han sido violadas o sexualmente aterrorizadas. Un informe de 2007 de Refugees International descubrió que “la violación de mujeres en Darfur no es esporádica o aleatoria, sino que está inexorablemente vinculada con la destrucción sistemática de sus comunidades”. Sostiene que los milicianos janjawid, sostenidos por el gobierno, los “jinetes armados o ‘milicia árabe'”, practican la violación como arma de limpieza étnica (Refugees International: “Leyes sin justicia: una valoración de las leyes sudanesas sobre las supervivientes de las violaciones”). 

 

 

 

Más recientemente, un informe escrito en marzo de 2008 por Louise Arbour descubrió “claros indicios” de que miembros de las Fuerzas Armadas sudanesas (FAS) violaron a mujeres y niñas en Sirba, al noroeste de la capital de Darfu, El Geneina. El informe afirmaba que un testigo ocular vio “a cuatro niñas escoltadas hasta una choza abandonada y allí violadas a punta de fusil por un grupo de soldados pertenecientes a las FAS”. 

 

 

 

Dos ejemplos más documentan el uso creciente del terror sexual sobre mujeres y niñas desde el final de la Guerra Fría. La ONU estima que en Ruanda más de 500.000 mujeres y niñas han sufrido formas brutales de violencia sexual, incluyendo la violación colectiva y la mutilación sexual, a raíz de lo cual muchas contrajeron el SIDA. En Bosnia, se estima que más de 40.000 mujeres musulmanas fueron violadas y que algunas muchachas que quedaron embarazadas fueron obligadas a mantener el embarazo y a dar a luz al hijo “del enemigo”. Esos ejemplos sugieren un acrecido uso de la violación como técnica de la guerra total. 

 

 

 

La guerra total es la autonegación de la modernidad  

 

 

En su elegante meditación La guerra es una fuerza que nos da sentido, Chris Hedges capta el papel deshumanizador de la guerra: 

 

 

 

“La guerra quiebra inveteradas prohibiciones contra la violencia, la destrucción y el asesinato. Y eso trae a menudo consigo el desplome de normas sexuales, sociales y políticas inveteradamente observadas, pues la dominación y la brutalidad en el campo de batalla terminan por ingresar en la vida personal. La violación, la mutilación, el abuso y el latrocinio son el resultado natural de un mundo en el que lo que impera es la fuerza, de un mundo en el que los seres humanos son puros objetos” (Guerra, pág. 103). 

 

 

 

Una guerra puede ser una revolución social o un genocidio étnico, un choque de ejércitos enemigos o un conflicto civil. Una guerra puede liberar a la gente, o exponerle a la peor venganza masiva. En cualquiera de los casos, lo cierto es que se quiebran inveteradas prohibiciones, lo que Freíd llamó el superego. Las gentes ya no son ellas mismas. Sin embargo, la venganza de guerra puede racionalizarse y convertirse en una doctrina aceptada de táctica militar. 

 

 

 

El general Sherman, que introdujo la guerra total, observó una vez: “No estamos combatiendo solamente contra ejércitos enemigos, sino contra un pueblo hostil, y tenemos que hacer sentir a viejos y a jóvenes, a ricos y a pobres, la dureza de la guerra”.  Urgió a sus compañeros unionistas a “hacer de la guerra algo tan terrible… [y] hacer que [los no combatientes] sufran a tal punto la guerra, que tengan que pasar generaciones antes de que puedan volver a pensar en ella como una posibilidad”. 

 

 

 

Sherman desarrolló la estrategia de la guerra total a partir de su experiencia en la Segunda Guerra contra los [indios] semínolas (1835-1842), en la que sirvió bajo el mando del general (y futuro presidente) Zachary Taylor. Le impresionó superlativamente el uso innovador que los nativos hacían de los ataques móviles, que les permitían atacar y desaparecer con rapidez. 

 

 

 

En vista de ese modo poco ortodoxo de hacer la guerra, propugnó la erradicación total de los indios semínolas. “Quiero que seais osados, emprendedores, que andéis siempre sobrados de energía”, dijo a sus soldados; “cuando empecéis, tenéis que llevar a cabo una campaña de aniquilación, de arrasamiento y completa destrucción…”. Destacó, en particular, la importancia de destruir los enclaves semínolas y del asesinato indiscriminado de guerreros; puso como objetivos bélicos las granjas en tiempo de cosecha y los rebaños de búfalos, a fin de eliminar las fuentes alimentarias del pueblo semínola. 

 

 

 

En el último siglo y medio, la guerra total ha sido sistemáticamente extendida de las fuentes alimentarias a las inocentes víctimas colaterales, y luego, a cualquiera que, por decirlo con los términos de Sherman, sea parte del “pueblo hostil”. La decisión de Louise Arbour de dimitir de su cargo en la ONU atestigua hasta qué punto las políticas de guerra total de la administración Bush están promoviendo crisis morales internacionales. 

 

 

 

El convertir a mujeres y niñas en objetivos militares de asalto sexual y violación ha llegado a ser la más extrema expresión de esta crisis. Ya se trate de milicos rasos estadounidenses o de janjawids en Darfur, la violación es un instrumento de guerra total. La violación es una forma de tortura dirigida especialmente a las mujeres. Está pensada, no solo para infligir daño, sino para avergonzar a la víctima socavando su sentido de dignidad y aun de identidad personal. 

 

 

 

Además de ser violadas en el curso de la guerra total, los informes muestran que las niñas y las mujeres están siendo cada vez más sometidas a la prostitución forzada y al tráfico sexual en enclaves no bélicos de intensificada globalización. Esos crímenes documentan hasta qué punto la Guerra total se extiende a la vida cotidiana. La guerra está migrando de los remotos campos de batalla a los centros urbanos; de conflictos reconocidos entre ejércitos enemigos a lo que no es sino un aspecto del comercio ilícito que estraga a las naciones en vías de desarrollo. La guerra total es la autonegación de la modernidad.

 

 

 

David Rosen es un analista político norteamericano que escribe regularmente en medios electrónicos alternativos, como Counterpunch.

 

 

 

Traducción para www.sinpermiso.info:

Ramona Sedeño y Ricardo Timón

 

 

 

 

No comments yet»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: